El dolor

Tienes dolor de rodilla, vas al fisio.

Te duele el estómago, vas al médico.

Quieres bajar de peso, vas al nutricionista.

Pero… ¿Cuándo te duelen tus emociones? ¿Qué haces?

Pues… hablas con un amigo, un familiar, ¿verdad?

Eso pasa por el tabú que todavía sigue fuerte en nuestra sociedad, de que ir a terapia es para personas que tienen problemas serios de salud mental. De hecho, es habitual oír frases como “los terapeutas no sirven para nada” o “mis problemas no son tan graves, se arreglan solos”.

Solemos poner el foco en nuestro malestar físico, pero rara vez sabemos identificar nuestro dolor emocional, encontrando cientos de excusas con nosotros mismos para en realidad, no enfrentarnos a nuestros miedos. Esta es una conducta en la que tanto la sociedad y como la educación han tenido mucho que ver, pues hemos oído toda la vida el mensaje de que pedir ayuda es signo de debilidad. Por si fuera poco, también se nos insta a no sentir dolor, a ignorar aquello que nos hace daño en vez de trabajarlo, porque sí, se nos olvida que eso es parte también de nuestra vida, como la felicidad.

Sin embargo, gracias a estos últimos tres años, con todo lo que ha ocurrido en cada rincón del mundo, hemos podido comprobar que todos necesitamos ayuda, que todos tenemos que enfrentarnos a las emociones de la vida y que nadie es inmune a un estado de tristeza, rabia, bajón anímico…

Pedir ayuda a un profesional que nos acompañe por un tiempo, porque estamos pasando una mala racha o tenemos la sensación de no encontrar las respuestas a solas, es un acto de amor propio y valentía. Con ello reconectamos con nuestro poder interior y logramos un estado de mayor equilibrio.

Cuando se empieza a ir a terapia, se abre un camino que nos permite conocer nuestros mecanismos, nuestras virtudes y también nos facilita saber cómo funcionamos con nuestras debilidades.

En terapia encontramos múltiples herramientas para mirar nuestro interior, sanar las heridas y abrazar nuestra historia personal y muchas veces familiar. Esto nos ayuda a cerrar heridas y a vivir con nuestras cicatrices, con otro sentido.

Por ello, ir a terapia tendría que convertirse en una manera más de cuidarse, igual que comer sano o ir al gimnasio.  Si cuando tenemos algunos kilos de más o cuando tenemos un dolor muscular vamos a un especialista, ¿por qué entonces no vamos a terapia cuando nos duele un sentimiento?

La terapia no es solo para las personas que tienen problemas psicológicos y que, por supuesto tienen los psicólogos clínicos y los psiquiatras, hay terapeutas que abarcan la salud psicológica y emocional de las personas que simplemente necesitan ayuda en un momento especifico de su vida y que quieren sentirse más preparadas para enfrentarse a sus propias emociones.

Esto nos ayuda a entender que cualquier persona sana puede acudir a terapia para crecer, para madurar algunas situaciones de su vida que todavía no alcanza a entender, para ser más consciente y para conocer sus propios mecanismos, con los que muchas veces nos auto saboteamos. Un ejemplo concreto es cuando algo se repite en nuestra vida un amor o un trabajo, y siempre termina mal, porque “algo” pasa y no somos conscientes de ese “algo”. Al final seguimos estando mal sin entender nuestro funcionamiento y echando la culpa a una improbable “mala suerte”.

En realidad, eso pasa por no resolver alguna cuestión pendiente en nuestra vida interior. Tenemos que empezar a romper con fuerza este estigma e incorporar la terapia como un acto más para cuidar nuestra salud física y mental:

Como sano, voy al gimnasio, voy al médico y voy al terapeuta.

Y, ¿Cuáles son los beneficios de ir a terapia?

Cuando voy al gimnasio obtengo un beneficio concreto en el cuerpo y cuando como sano me siento mejor y logro mejoría física.

Cuando voy a terapia empiezo a aprender cómo funciona mi mente, mi mundo emocional; empiezo a ver las cosas con otra perspectiva y eso me genera una mayor sensación de paz y serenidad conmigo misma, que se convierte en mayor serenidad con mi entorno también.

La terapia ayuda a trabajar las creencias limitantes que cada una de nosotras lleva desde pequeña. Con el tiempo aprendemos a cambiar nuestros pensamientos disfuncionales, como por ejemplo el auto sabotaje y empezamos a cambiar nuestros hábitos negativos (pensar mal y comunicar de forma negativa) en hábitos más conscientes y respetuosos con nosotros mismos.

¡Te animo a conocerte más y cuidar tus emociones con el mismo esfuerzo que cuidas tu cuerpo!

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